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El poder de los algoritmos y de las redes sociales

El conocido experto en big data Martin Hilbert ha seguido de cerca los efectos digitales del coronavirus

El poder de los algoritmos y de las redes sociales

“El crecimiento de la digitalización siempre fue exponencial, pero la pandemia lo aceleró con esteroides”, asegura Martin Hilbert, investigador alemán de la Universidad de California-Davis y autor del primer estudio que calculó cuánta información hay en el mundo.

Reconocido por haber alertado sobre la intervención de Cambridge Analytica en la campaña de Donald Trump un año antes de que estallara el escándalo, Hilbert ha seguido de cerca los efectos digitales del coronavirus y sus conclusiones son poco optimistas: las personas no saben cómo lidiar con el poder de los algoritmos, los gobiernos no saben cómo usarlos en favor de la población y las empresas se resisten a adoptar pautas éticas efectivas.

Esto debiera preocupar especialmente a América Latina, “porque son líderes mundiales en el uso de redes sociales”, advierte Hilbert, que vivió una década en Chile como funcionario de la ONU y hoy vive a 40 minutos de Silicon Valley.

En conversación con BBC Mundo compartió su opinión de que las nuevas tecnologías plantean desafíos de alcances tales que podrían exigir una evolución de la conciencia humana.

¿Qué novedades trajo la pandemia a nuestra relación con las redes digitales?

Tuvo dos efectos simultáneos: nos hizo más sensibles a las secuelas tóxicas de la digitalización, pero aceleró nuestra dependencia de ella.

Y también confirmó que el segundo efecto es más poderoso que el primero: ser conscientes de que esta adicción nos hace mal no produce ningún cambio en nuestras conductas.

¿Por qué crees que ocurre eso?

Hay que entender cómo funciona esta economía digital, donde el recurso escaso a explotar es la atención humana.

El negocio de los gigantes tecnológicos −Google, Apple, Facebook, Amazon− no es ofrecerte avisos comerciales: es modificar tus comportamientos para optimizar el rendimiento de esos avisos.

Y pueden hacerlo porque los algoritmos, al procesar millones de datos sobre tu comportamiento, aprenden a predecirlo, mucho mejor que tú mismo.

Pero para conocerte e influir sobre ti necesitan mantenerte conectado. Por lo tanto, las llamadas tecnologías persuasivas cumplen su misión cuando eres adicto y no puedes desviar tu atención de ellas.

Por lo que muestra el documental El dilema de las redes sociales, muchos en Silicon Valley se arrepienten de haber creado esas tecnologías.

Aquí en Silicon Valley el término de moda es human downgrading [degradación humana], que resume la siguiente idea: de tanto discutir cuándo la tecnología iba a sobrepasar nuestras capacidades, perdimos de vista que las máquinas se estaban enfocando en conocer nuestras debilidades.

Ganarle una partida al campeón de ajedrez era lo de menos. Su verdadera fuente de poder ha sido llevarnos a nuestro narcisismo, a nuestro enojo, ansiedad, envidia, credulidad y, por cierto, a nuestra lujuria.

Es decir, las tecnologías persuasivas apelan a mantenerte en la versión más débil de ti mismo para que gastes tu tiempo en las redes.

Algunos críticos han dicho que el documental es alarmista, o que carece de perspectiva histórica para entender que estos fenómenos no son tan nuevos.

Como todo documental, deja sin cubrir aspectos importantes, como el cruce entre la tecnología y las desigualdades. Pero no percibo un alarmismo exagerado.

Quienes critican estos discursos tienen una frase típica: “Estas cosas siempre existieron”. Y es verdad. De hecho, Facebook hizo un estudio para mostrar que la red social influye menos en la polarización política que nuestro apego innato a los amigos de ideas afines.

Pero el mismo estudio mostró que los algoritmos de recomendación de Facebook duplican ese efecto, y ahí está el problema. Los huevos y la carne siempre subieron el colesterol, pero en las últimas décadas potenciamos ese efecto con una avalancha de helados y papas fritas. ¿Me explico?

Lo que pasa es que nos cuesta admitir el efecto en nosotros mismos.

Nos preocupa mucho ver a nuestros hijos pegados todo el día a un chupete digital, incapaces de concentrarse o asimilando expectativas poco realistas sobre sus cuerpos. Pero nosotros somos otra cosa, usamos las redes por divertirnos, nadie nos mete un chupete en la boca.

Pero es un hecho que la tecnología digital también nos presta servicios imprescindibles. La pandemia lo ha dejado bastante claro.

Sin duda, y eso no tiene vuelta atrás.

El crecimiento de la digitalización siempre fue exponencial. Hace 25 años no teníamos celulares y ya es imposible imaginarlo. Pero la pandemia lo aceleró con esteroides. Aunque también mostró sus limitaciones, ¿no?

Crees que la salida, entonces, no será arrancar de la tecnología sino combatirla con más tecnología.

Y es así porque la tecnología es normativamente neutral: puede escalar los problemas o las soluciones, según el uso que le demos.

Ahora, yo hablo de este interés en la meditación como una señal positiva, pero no va a ser la pócima mágica.

Así como un bebé descubre los contornos de su cuerpo mordiéndose el dedo, nosotros estamos recién conociendo los contornos de nuestras mentes expandidas digitalmente.

Pero estoy convencido de que aprender a tomar distancia de estas tecnologías va a significar, en el largo plazo, aprender a tomar distancia de uno mismo.

Un ególatra sin internet, en ese sentido, no sería parte de la solución.

¿La idea de un chip en el cerebro es compatible con lo que estás planteando? ¿O son excluyentes?

Si ese chip te mantiene en el nivel neuronal que procesa información y la traduce en razonamientos y emociones, no serviría para eso.

La conciencia está en otro nivel neuronal, parece que se produce en un circuito que se llama DMN y que básicamente conecta todo el cerebro.

Y me imagino que con una interfaz neuronal también se la puede estimular, pero será como siempre en la tecnología: la primera aplicación va a ser para comercio y la segunda para pornografía.

Mientras tanto, ¿qué medidas de higiene podrías recomendar?

Lávese la mente a menudo durante al menos 20 segundos, especialmente después de un desplazamiento sin sentido en las redes sociales durante el cual estuvo expuesto a algoritmos especializados en bajar sus defensas.

Tápese la boca cuando esté a punto de difundir un contenido odioso o que ni siquiera ha leído. Y asuma la responsabilidad de ser un potencial vector de contagio en este problema colectivo.

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